23.12.08

En sueños


 

Al mediodía llegó una visitante aristocrática y distinguida del norte acompañada por su secretario privado. La señora aguardó unos minutos y, tan pronto como el Maharshi regresó de nuevo a la sala después de almorzar, le preguntó:

-         ¿Podemos ver a los muertos?

-         Sí.

-         ¿Pueden los maestros mostrárnoslos?

-         Sí pueden. Pero no me pida que se los muestre, porque yo no puedo.

-         ¿Usted los ve?

-         Sí, en sueños.

 

Conversaciones son Ramana Maharshi.


 En la foto, el reflejo de una ventana sobre el suelo de una habitación.

17.12.08

Mientras caía la nieve

 

Hoy vamos a hablar de  K. Ikskul, un joven intelectual de la Rusia de antes de la Revolución. Aunque fue bautizado y creció en la religión ortodoxa, apenas acudía a la iglesia, si acaso solamente en las fiestas señaladas. Muchas de las cosas que oyó de pequeño le parecían meras supersticiones, entre ellas las enseñanzas de la vida después de la muerte. Él estaba seguro de que al morir la vida humana terminaba.

Una vez enfermó de neumonía. Estuvo mucho tiempo enfermo, empeoró y fue internado en un hospital. No creía que se acercaba la muerte, esperaba sanar y seguir con sus ocupaciones habituales. Una mañana, de repente se sintió completamente bien, la tos cesó y la fiebre bajó hasta lo normal. Pensó que por fin mejoraba. Pero para su asombro, los médicos se inquietaron, hasta trajeron oxígeno. Después sintió fuertes escalofríos y una total indiferencia hacia todo lo que le rodeaba. Este es su relato:

"Toda mi atención se centró en mí mismo y como en un desdoblamiento... apareció un hombre interno (principal) que sentía una total indiferencia hacia el externo (el cuerpo) y hacia todo lo que pasaba con él... Era sorprendente ver y oír todo y al mismo tiempo sentirse ajeno a todas las cosas. El médico me pregunta, yo escucho, entiendo, pero no contesto; no tengo porqué hablar con él... De repente me sentí arrastrado con terrible fuerza hacia abajo, hacia la tierra. Me agité. "Agonía," dijo el médico. Yo entendía todo, no me asusté. Recordé que leí que la muerte es dolorosa, pero no sentía dolor alguno. Pero sentía pesadez. Me sentía atraído hacia abajo, sentía que algo debía separarse... Hice un esfuerzo para liberarme y de repente me sentí liviano y en paz. Lo que sigue lo recuerdo muy claramente. Estoy parado en medio del cuarto. A mi derecha, en semicírculo, estaban parados los médicos y las enfermeras rodeando la cama. Me extrañé: ¿qué hacen allí si yo estoy aquí? Me acerqué para ver. Sobre la cama estaba acostado yo. Viendo a mi doble, no me asusté; sólo me extrañé. ¿Cómo es posible? Quise tocarme, mi mano pasó a través como en el vacío y tampoco pude tocar a los otros. No percibía el suelo. Llamé al médico pero él no reaccionó. Entendí que estaba completamente solo y sentí pánico.

Miré a mi cuerpo y pensé: ¿habré muerto? Pero esto era difícil de imaginar; yo estaba más vivo que antes, sentía y comprendía todo... Después de un tiempo los médicos se fueron del cuarto. Dos enfermeros hablaban de las peripecias de mi enfermedad y muerte, la enfermera se dirigió al icono, se persignó, y en voz alta pronunció para mí el habitual deseo: "Que tenga el Reino de los Cielos y la paz eterna." Apenas dijo ella estas palabras, a mi lado aparecieron dos Ángeles. En uno reconocí a mi Ángel de la Guarda, al otro no lo conocía. Tomándome de las manos, ellos me llevaron a la calle, directamente a través de la pared. Anochecía, nevaba de una manera muy calma. Yo lo veía pero no percibía el frío ni el cambio de temperatura. Comenzamos a subir rápidamente." 


…/...


 “El concepto de que dejando el cuerpo enseguida el alma sabe y entiende todo es erróneo; yo llegué al nuevo mundo tal como salí del viejo”, relataba K.Ikskul.

 

K. Ikskul estuvo en la morgue durante 36 horas. Ni los médicos ni el personal del hospital se podían explicar ‘su vuelta a la vida’. Después de este suceso, K. Ikskul se retiró a un monasterio y terminó su vida como monje.


En la foto, mientras nevaba por aquí uno de estos días.

12.12.08

Una meditación



 

Desde niños hemos visto morir a muchos; sin embargo, aunque hemos visto morir a muchos, nos creemos eternos; y nos creemos eternos por alguna razón; la razón por la que nos creemos eternos es porque es verdad que lo somos ¡Somos eternos! Solamente nos hemos creído mortales cuando nos identificamos con el cuerpo. El cuerpo es el ego. El ego es el miedo. El ego es el miedo porque teme perder algo. Nada puede temer quien posee, quien es, lo que nunca puede ser destruido.

 

En la foto, un corazón de cristal que siempre tengo cerca.

8.12.08

Somos sin nombre



A lo largo de estos últimos meses, en las sucesivas presentaciones de Hermana Muerte ante el público, invariablemente ha salido a relucir el tema de la reencarnación; diría que para algunos ha sido una necesidad absoluta el plantearlo. Hay una cosa que me ha llamado la atención en casi todos los que exponían su parecer, y era su preocupación por saber bajo qué forma habrían venido anteriormente a existir en el cuerpo o bajo qué nueva forma pueden volver a aparecer a su vez en otro cuerpo. A simple vista parece que se trata nuevamente de estar preocupados por lo externo y de olvidarse una vez más de la esencia de la que estamos hechos, además de la consabida ‘especulación’ que todo esto lleva implícito.

Hay una respuesta que ha nacido para todos ellos esta tarde, una tarde de frío muy intenso en la que he paseado durante más de dos horas: que nosotros, todos nosotros, somos sin forma, sin tiempo; somos lo que vive antes de nacer y lo que sigue viviendo después de morir. Las formas externas de millones y millones de personas, nuestros cuerpos, se crean y se destruyen, pero la Conciencia Universal transcurre siempre sin nacimiento ni muerte. Nuestra Esencia es la misma que la de Conciencia Universal, siempre estará ahí, siempre será Eso.

El otro día un amigo que tiene ya bastante años me enseñó diversas fotografías que le han ido haciendo a lo largo de su vida; como ocurre con casi todos nosotros, los cambios externos que ha tenido a lo largo de esos años hace que difícilmente sea el mismo en muchas de ellas, digamos que no hay un “yo” reconocible en ese recorrido vital. Juntos hablamos de lo que nos hace reconocibles en todo momento para nosotros mismos, y está claro que no son las sucesivas apariencias que hemos tenido. Los cambios del cuerpo no somos nosotros. Lo que nos hace reconocibles es algo que permanece invariable y que viaja con nosotros en un plano paralelo, casi como una sombra, una sombra de luz...

Nosotros somos sin nombre, sin forma, sin figura.

La identidad que proporciona el cuerpo se parece a tener ahorrados varios millones de euros. Un día el gobierno dicta una orden por la que anula el valor de ese dinero y… es entonces cuando caemos en la cuenta de nuestra verdadera identidad. Este es el conocimiento que nos puede sacar de nuestra propia ignorancia.


En la foto se puede ver un río que atraviesa un valle con nieve, se trata de mis ‘vecinos’ de aquí al lado.

1.12.08

Al morir







Cualquier dolor que deba sufrirse viene primero. Instintivamente se lucha por vivir. Eso es automático.

Es inconcebible para la mente consciente que pueda existir cualquier otra realidad fuera de la materia terrestre circunscrita por el tiempo y el espacio.

El cuerpo se torna fláccido. El corazón se detiene. No fluye aire ni hacia adentro ni hacia fuera.

Se pierde la vista, el sentimiento y el movimiento, aunque la habilidad de escuchar es la última que se pierde. La identidad cesa. El “tú” que alguna vez fuiste se convierte solo en una memoria.

No hay dolor en el momento de la muerte.

Sólo silencio apacible…calma…silencio.

Pero tú todavía existes.  

Es fácil no respirar. De hecho, es más fácil, más cómodo e infinitamente más natural no respirar que respirar.  La mayor sorpresa para la mayoría de las personas que están muriendo es darse cuenta de que al morir no finaliza la vida. Venga oscuridad o venga luz; o algún tipo de evento, sea positivo o negativo o algo en el medio, esperado o no, la mayor sorpresa de todas es darse cuenta que tú eres todavía tú.  Todavía puedes pensar, todavía puedes ver, oír, moverte, razonar, preguntarte, sentir, preguntar y decir chistes, si lo deseas. 

Todavía estas vivo, muy vivo. Realmente, estás más vivo después de la muerte que en cualquier momento desde que naciste. Sólo que la manera de todo esto es diferente; diferente porque ya no estás dentro de un cuerpo denso para filtrar y amplificar las diferentes sensaciones que una vez viste como los únicos indicadores válidos de lo que constituye la vida. Siempre te habían enseñado que se debe vestir un cuerpo para vivir.

Si esperas morir cuando mueras, te decepcionarás.  La única cosa que el morir hace es ayudarte a soltar, a quitar el susurro y a descartar la “chaqueta” que es el cuerpo y que has vestido tantos años. Acabas de quitarte la chaqueta.

Cuando mueres pierdes tu cuerpo.  Eso es todo lo que pasa.

 


El siguiente material es un extracto de dos de los libros de P.M.H. Atwater – “Más Allá de la Luz: Los Misterios y Revelaciones de las Experiencias Cercanas a la Muerte” (Libros Avon, New York City, 1994) y “Vivimos para Siempre: La Verdad Real Acerca de la Muerte A.R.E. Press, Virginia Beach, VA, 2004). Está basado en comentarios realizados –en primera persona- de más de 3.000 adultos que han experimentado estados cercanos a la muerte. 


En la foto, una puesta de sol de este mismo año.