29.10.08

Teresita


Cuando se está a punto de morir no es la muerte la que viene a buscarnos, es Dios el que viene.

La muerte no es un fantasma ni algo de aspecto horrible, la muerte es simplemente la separación del alma y el cuerpo.

Un día le preguntaba yo a un Ser lleno de Luz cómo sería mi muerte, haciéndole ver mis miedos y aprensiones, entonces me contestó con una sonrisa llena de ternura: “Dios te absorberá como a una gotita de rocío…”

Esta tos que tengo es como el sonido de una locomotora cuando está llegando a la estación. Yo también estoy llegando a una estación, la estación del cielo…

En realidad, me da igual vivir que morir. No entiendo bien qué podré tener después de la muerte que no tenga ya en esta vida. Veré a Dios, es cierto, pero en cuanto a estar con El, ya lo estoy completamente aquí en la tierra…

Desaparecerán muchas cosas del cielo que yo os traeré…seré una ladronzuela, cogeré todo lo que me plazca…

Si alguien se desalienta y se desespera es porque piensa en el pasado y en el futuro.

Los santos inocentes no son estos niñitos típicos del cielo, son almas que tienen los encantos indefinibles de la infancia. Se les representa como niños porque nosotros tenemos necesidad de imágenes para comprender las cosas del espíritu. Yo me uniré a ellos. Si quieren seré su pajecito y llevaré la cola de sus trajes…

Me he formado una idea tan alta del cielo, que a veces me pregunto cómo se las arreglará Dios, después de mi muerte, para sorprenderme.

He llegado a no poder ya sufrir, porque todo sufrimiento me resulta agradable.

¡Es tan hermoso saber un poco aquí en la tierra de aquellos con los que vamos a vivir eternamente…!

Yo quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra.

Hoy me han preguntado si estaba resignada para morir, les he dicho que sólo se necesita resignación para vivir; pensar en mi muerte solamente me produce alegría.

Sólo en el cielo veremos la verdad de todas las cosas.

¡Me sentiré muy desdichada en el cielo si no puedo dar pequeñas alegrías a los que amo en la tierra!

Nunca he deseado tener visiones. En la tierra no se puede ver el cielo ni los ángeles tal como son. Yo prefiero esperar a después de la muerte.

Quisiera correr por las praderas del cielo… Quisiera correr por praderas donde la hierba no se aplaste, donde haya hermosas flores que no se marchiten y preciosos niños que sean ángeles…

 

 

Estas palabras son un resumen de las últimas conversaciones de Teresa de Lisieux (1873-1897), religiosa de la Orden del Carmelo, de 24 años de edad, enferma de tuberculosis; se trata de frases recopiladas por sus hermanas religiosas, especialmente en el “Cuaderno Amarillo de la Madre Inés”.

 

La fotografía fue tomada por su hermana Genoveva al día siguiente de la muerte de Teresa, el 1 de octubre de 1897, después de varios meses de sufrimientos extremos.

 

‘Teresita’ fue el nombre con el que pidió ser invocada después de su muerte.

 

 

 

23.10.08

Una sana indiferencia

Una de las señales de la proximidad de la muerte, además de la enfermedad que suele estar ahí y es del todo evidente, es que la persona no siente ya ningún atractivo ante el hecho de vivir; la vida de los sentidos y la efervescencia de las cosas materiales se va retirando definitivamente. Lo pude ver en mi madre, lo he visto también en alguno de mis abuelos y en varias personas más. 

En las etapas preliminares a este estado puede que haya habido tristeza, rabia, cansancio, desesperación, ahora ya no hay nada de eso. Ahora hay una sana indiferencia. Y una gran serenidad. Es como si fuésemos retirados del mundo y de su feria de las vanidades. 

¿Qué es lo que en realidad ocurre en esos momentos? Que nuestro ser esencial y nuestro cuerpo físico se están separando, igual que ocurrió en el momento de nuestro nacimiento, solamente que a la inversa. 

Cuando en la vida hemos tenido reveses de fortuna, desengaños en el amor y enfermedades, no se parecía a esto. En todo lo anterior estaba presente el deseo; aunque hubiera desengaños el deseo seguía ahí; pero ahora el deseo ya no está. Algunos enfermos terminales lo llaman a esto “dejar de tener ilusión por las cosas”. Las cosas y la propia ilusión se esfuman, se evaporan. Es como si esa gran pantalla en la que se proyectaban las imágenes del mundo se estuviera alejando de nuestros ojos. 

Todo se va, sin pena… hacia la gloria. 
 

En la foto se puede ver a un tronco de un árbol que muestra su corazón desnudo. 
 


 


16.10.08

Luz en la oscuridad



Este apunte está dedicado al hijo de un amigo que ayer ingresó en un centro de desintoxicación de drogas. Cada vez que miréis esta imagen y cada vez que oigáis esta música os podéis conectar a una rueda de energía en la que participamos muchas personas. Pedimos para él que pronto pueda restablecer su cuerpo maltrecho. Muchas gracias. Que el cielo os bendiga.

14.10.08

También los árboles tienen alma


Extraordinarios hayedos, magníficos robledales, avellanos, castaños, fresnos, saúcos…

En Cantabria, en la cuenca de los ríos Miera y Liérganes se talaron diez millones de árboles durante los siglos XVII y XVIII; sí, diez millones de árboles para fundir hierro y hacer cañones para la Armada Española.  Cañones con los que más tarde se asesinaba a las personas. Sí, lo repito de nuevo: talaron árboles para hacer carbón vegetal con el que fundir el hierro para hacer cañones y matar a las personas, porque las guerras son para robar y para robar hay que matar, aunque ahora se roba sin necesidad de cometer ningún crimen… como si el robo no fuera ya en sí mismo un crimen...

También los árboles tienen alma.

Esos árboles entregaron su vida, una vida que hay que reparar.

 

El mandala que aparece en la foto está hecho a partir de un hongo de un árbol.

10.10.08

No me imagino

 

¿Alguna vez hemos pensado qué ocurriría si no muriéramos? Además de algún pensamiento esporádico que todos hemos podido tener alguna vez con respecto a este tema, la ciencia y el impulso innato del ser humano se encaminan en esa dirección: desde la noche de los tiempos perseguimos que el cuerpo no muera ¿Qué ocurriría si permaneciésemos vivos en este cuerpo para siempre?

 

Pensemos solamente un minuto.

 

¿Os imagináis en una misma casa conviviendo hijos, padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos? ¿Os imagináis personas de pocos años conviviendo al lado de algunas personas de mil años o más?

 

Aunque creamos que el aprendizaje es ilimitado, que puede ser, creo que no ocurre lo mismo con el cansancio vital y la fatiga de vivir, que también existen.

 

Yo personalmente no me imagino no morir a este cuerpo transitorio, incluso con la ciencia tan avanzada que lo pudiera permitir. No me imagino.

 

Morir es una sabia decisión.

Morir es  muy necesario.

 

 

Esta foto ‘se presentó’ justo en el momento en el que iba pensando en estas cosas.

 

8.10.08

El gato de los moribundos

Hace poco más de un año se relataba esta noticia en los periódicos:

Óscar, un gato que predice la muerte de ancianos.

Un gato llamado Óscar, en el estado de Rhode Island, Estados Unidos, puede ‘predecir’ la muerte en pocas horas de pacientes ancianos, reveló un médico geriatra en la prestigiosa revista The New England Journal of Medicine.

Óscar visita a los residentes del Centro de Rehabilitación para Ancianos de Providence y el personal de la clínica entra en acción porque alguien morirá en las próximas horas.

Según el doctor Sosa, el felino ha llegado hasta el lecho de más de 25 residentes de la clínica poco antes de que éstos murieran.

El gato de dos años “parece comprender que los pacientes están a punto de morir”, señaló el médico.

El escepticismo que pudieran plantear las facultades de Óscar es frenado por la doctora Joan Teno, profesora de salud comunitaria de la Universidad Brown, que atiende a los pacientes de la clínica: «El gato siempre se las arregla para aparecer y siempre lo hace en las últimas dos horas», señaló.

«Es posible que haya una explicación química», manifestó Teno sobre las ‘andanzas’ del gato de pelaje gris y blanco que habita principalmente en el tercer piso donde viven los pacientes dementes.


En la foto aparece Óscar, el gato de los moribundos.

6.10.08

Morir en casa


 Morir en casa, morir en la paz del hogar, entre algodones…

 

Recuerdo los tres últimos meses de mi madre y los podría describir así: una olla que huele a cocido, la fruta fresca sobre un aparador, mi padre que lee el periódico y a ratos se queda mirando la luz del sol, un niño que en el suelo está jugando con un barco, yo que en ese momento estoy barriendo las migas que están debajo de la mesa del comedor, mi hermana que habla por teléfono en la habitación de al lado, un transistor encendido donde alguien reza un rosario, mi hermano que llega con la compra, el cartero que está llamando, la humareda del cuerpo de los caballos que pastan sobre la hierba helada, un ordenador portátil en el que ha saltado el salvapantallas, yo que miro y remiro a mi madre y siento cómo está conectada cada vez más al ancho cable de la Divinidad, unas flores que trajo ayer una prima de Galicia, el viento que sopló anoche y los ángeles que andan revoloteando por la casa y que ya no sabría ni contarlos…

 

 

Dedico este apunto a Leopoldo, que un día me animó a escribir algo parecido a esto.

 

La foto fue hecha a los diez días de morir mi madre. Es una rosa de zarza que parece una mariposa que está a punto de iniciar el vuelo.

1.10.08

La ceniza del árbol del alfarero


Dicen que entre los indios del alto Orinoco, quien muere pierde su nombre. Ellos comen sus cenizas, mezclada con sopa de plátano o vino de maíz, y después de esa ceremonia ya nadie lo nombra nunca más. Ellos y el muerto se han ‘fusionado’ ya en una misma cosa…

 

Un anciano maestro alfarero estaba enseñando su arte a quien iba a sucederle y a continuar con su oficio. Se puso a hacer la vasija más hermosa que nadie pueda imaginar. Cuando la hubo terminado la rompió y le dijo al joven: “Ahora incorpora todos estos añicos al barro con el que vas a empezar tu trabajo nuevo”.

 

En algunas tribus de Indonesia, cuando muere un niño, abren un agujero en el tronco de un árbol, lo introducen dentro y lo tapan con resina natural; al cabo de poco tiempo el tronco ha suturado ya esa herida y es un árbol más dentro del corazón del bosque.

 

 

Para este apunte quiero destacar las aportaciones del amigo Juanca. 

La foto corresponde a un padre y a un hijo, indios Yanomamis.