29.9.08

ABRAZADAS



Contaré hoy una historia, muy breve:

 

Un día una niña de cinco años se acuesta para dormir con su abuela. Dormida está la niña en su regazo; la abuela, feliz, reposa a su lado.

Muchos años después la niña, que ya no es niña, se entera de que la abuela murió esa noche, cuando ellas dos estaban abrazadas…

 

Al recordarlo ahora se le humedecen los ojos.

Y ella y yo volvemos la mirada al cielo y damos las gracias.

  

 

La foto es de un lirio que me salio al paso una mañana de esta primavera pasada.

16.9.08

LA VIDA QUE HEMOS VENIDO A VIVIR

 

Lo hago muchas veces: tomar un libro entre las manos y leer al azar. Lo hago con libros normales de esos que tienen pastas y hojas, de la misma forma que lo hago también con textos que se pueden leer ahora mismo en Internet. Me predispongo ‘a que me digan algo’ cuando leo, justamente por ir sabiendo ya que las casualidades no existen. Lo que lees es lo que tienes que leer en ese momento. Me sirvo igual de textos de oriente que de occidente, del este que del oeste, de autores conocidos como desconocidos, de los ‘homologados’ como de los puramente esotéricos. La verdad no conoce caminos. Todo puede ser un camino para la verdad.

Anoche leí en el Nuevo Testamento. Evangelio según Mateo, como diría Pasolini. Mateo, a secas, un hombre que escribía, un hombre que escribió sobre otro hombre, seguramente amigo suyo. Pues en Mateo 27, versículos del 32 al 44, versión Nacar-Colunga, Mateo se dispone a narrar la crucifixión de Jesús. En medio de la barbaridad que se estaba cometiendo con esa persona, pero por lo que se ve era una ‘barbaridad necesaria’, pues el mensaje de este hombre incluía ‘obligatoriamente’ que lo mataran porque sino no tenía sentido todo lo que tenía que decirnos… ¡Que se dice bien! Todavía no había encontrado la Divinidad otras maneras de hacer las cosas ¡Siempre derramando sangre…! Pues en esta narración de la Crucifixión lo que más le echaban todos en cara a Jesús era que HUBIERA PUESTO SU CONFIANZA EN DIOS. Porque lo normal, parece ser, es ponerla en el dinero, en los bienes materiales, en las posesiones, en el prestigio, en el aparentar, pero resulta que éste había puesto su confianza en Dios; y a pesar de eso no era capaz de desclavarse del madero, de bajar de la cruz y de salvarse a sí mismo… Y todos se reían. Eso es lo que está contando ese párrafo. Y me hizo pensar:

Entonces la confianza en Dios no es hacer algo extraordinario, sino seguir haciendo lo que hacemos, eso sí de una forma extraordinaria. No se trata de escapar y de salir pitando, porque ese es el resorte que todos tenemos cuando viene una dificultad gorda; al contrario, se trata de estar ahí, cumplir con nuestro cometido, aguantar y morir, morir para lo viejo y nacer para lo nuevo; dejar de lado la mentira y empezar a vivir en la verdad… Confiar en Dios es descubrir que si se nos ha puesto a vivir en esta vida, de esta manera, es porque este es el lugar preciso que tenemos que ‘ocupar’. Este es nuestro sitio, este es nuestro lugar, aunque a ratos haya dolor y sufrimiento. Aquí estamos, a veces cruzando el paso estrecho, a veces muy cerca de transitar por la senda angosta. No importa. Por encima de todo, esta es la vida que hemos venido a vivir. Este sagrado proceso de la vida está esperando que tomemos posesión de él, no más adelante, ahora mismo, en este instante. Ya.

 

¡Había puesto su confianza en Dios…! Y se reían…

 

Creo que algo aprendí anoche. Os lo quería contar.

 

 

La foto está hecha esta primavera pasada en el patio de la casa donde vivo. Ese día dos aviones ‘fabricaron’ en el cielo una cruz de humo. El signo duró apenas cinco minutos.

10.9.08

PRECIOSA AMALGAMA


Hace unos días estaba revisando fotos en el ordenador cuando de pronto ‘se me apareció’ esta que ahora mismo os quiero mostrar. Es una foto del verano pasado. En ella se puede ver a mis dos hijos durmiendo junto a dos de sus primos en la misma cama. Las cuatro criaturas se adoran, así que aprovechan cualquier excusa para dormir ‘cosidos’ los unos a los otros, por más que puedan sudar, sentirse incómodos o directamente caerse al suelo.

Lo primero que se ve en esta foto es que estos cuatro niños duermen ‘a pierna suelta’, seguramente después de una jornada agotadora en la que pueden llegar a hacer miles de cosas: baños, juegos, alguna tarea como leer o escribir, contacto con perros, gallinas, palomas, recoger fresas, sacar zanahorias, ir a la bodega, partido de fútbol, reñir un rato, llorar otro rato y reírse durante horas y horas, sobre todo reírse. Es muy bonito sentirlos tan juntos, tan cercanos; es una suerte que compartan tanta vida y tanta libertad.

Después de haber visto la foto de esta manera, digamos que de una manera anclada en el recuerdo de las cosas que hacen cuando están juntos, desde ayer he comenzado a verla de una forma ‘un poquito diferente’: en esta foto, aunque es indudable que están los cuatro, en realidad no están ¿Qué estoy queriendo decir? Sí, eso, que aunque su carne, sus huesos y su sangre están ahí, sus propios cuerpos denotan que… se han ido, que han salido ‘de viaje’; estoy queriendo decir que no están sus almas, que han salido a ‘volar’… ¿Viaje astral? ¿Viaje fuera del cuerpo? No sé cómo se puede llamar a eso, prefiero que no tenga nombre porque sinceramente desconozco los mecanismos de esa ‘separación, pero el hecho es que, aunque sus cuerpos permanecen ahí, no está lo que ‘anima’ a esos cuerpos. Creo que se percibe con mucha claridad; con medio minuto que se mire la foto es suficiente para darse uno cuenta.

Esto de lo que hablo lo podemos comprobar viendo un cuerpo dormido –si es de un niño se percibe mucho mejor-, o lo podemos ver también cuando alguien muere porque, aunque el cuerpo esté presente, ‘lo otro’ ha emprendido ya su viaje. Aunque en ambos casos se pueda ver el envoltorio, la ‘esencia’ ya no está ahí.

Siempre que veo a estos niños dormir –iba a decir ‘morir’-, siento una gran alegría porque sé que es en esos momentos cuando experimentan en profundidad el contacto real con la muerte, mucho antes de que su propio pensamiento lo ‘recubra’ con deseos y temores que arrastramos desde hace siglos. Salir del cuerpo, tanto en el sueño como en la muerte, no es otra cosa que tomar contacto pleno con el Gran Espíritu. En el viaje del sueño, en el viaje de la muerte, el contacto con lo Transcendente es muy real y muy puro. El viaje del dormir y el viaje del morir, son un viaje que incluye la muerte de la vida y la vida de la muerte, preciosa amalgama en la que habitamos.

  

Dedico este apunte a mi hijo Miguel, que en estos días cumple años.

 

 

5.9.08

Diálogos con mis muertos


Tuve la suerte de conocer a mis cuatro abuelos y de convivir bastantes años a su lado, guarecido en su sombra, recibiendo el regalo de su sabiduría. Nunca agradeceré suficientemente a la vida que me pusiera en disposición de conocer a estos cuatro seres extraordinarios. Conversé con ellos mucho cuando vivían y sigo conversando en esa otra dimensión en la que perduran. Hablar y dialogar con ellos siempre me suministra una gran dosis de sentido común.

Lo primero y más importante que ‘me dicen’ es que la mayoría de nosotros tenemos tendencia a dejar lo esencial para después de nuestro entierro, cuando lo esencial hay que acometerlo ahora. Para cada uno ‘lo esencial’ pueden ser cosas diferentes, porque diferentes somos unos de otros. Para mí lo esencial es el aprendizaje en el Amor; no tanto en el amor romántico, el de las parejas que se conocen, conviven un tiempo, se separan o están juntas para toda la vida; me estoy refiriendo a ese otro Amor ‘con mayúsculas’, ese Amor que siempre es generosidad y entrega.

Otro diálogo que mantengo con ellos se desarrolla en los siguientes términos: Es verdad que nuestras condiciones de vida –en occidente- pueden verse mermadas porque la economía ha entrado en recesión; es verdad que ahora mismo escasea el dinero; ha subido el combustible, las hipotecas están por las nubes y no tenemos mucho ‘fondo’ que nos garantice años de tranquilidad; pero lo que me dicen mis abuelos, Albina, Agripina, Juan y Nazario, es que podemos convertir cualquier ocasión en un motivo para fabricar esperanza. La esperanza no nace de un optimismo barato; esta esperanza nace de haber hecho un acto mágico en nuestro interior, un acto de pura alquimia ¿Cómo? Comprendiendo que todo el dolor que llega a nuestra vida podemos trasmutarlo en sabiduría, en tolerancia. Ellos me enseñaron a ser bueno, humilde y tolerante, si yo no hago de esto una realidad en mi vida es sencillamente… porque no me da la gana.

“Hemos venido a servir, no a ser servidos”, me repiten sin cesar estos abuelos. 

Siento que estos cuatro ‘camaradas’ me hablan a través de un párrafo que puedo leer en un libro, a través de un SMS de un amigo, a través de un rápido discernimiento, o a través de las carcomas que tengo en unas vigas de madera de la casa. Os prometo que esas carcomas hablan mucho… y hablan muy bien. 

Bendigo sin cesar a mis muertos.


La foto es de un árbol encontrado en un paseo. Ese árbol tenía ese día una red negra que en parte lo tapaba. Era primavera y la luz era hermosísima.