28.3.08

Haz de luz


Cuando mi padre, mi hermana Elena y mi hermano Juan venían desde León a Segovia para la primera presentación pública del libro-DVD “Hermana Muerte (gracias por venir a visitarme) el pasado 18 de marzo, cuentan que vieron, a mitad de camino, un extraordinario arco iris. Los tres, acostumbrados desde siempre a mirar al cielo, dicen que no recuerdan haber visto en su vida otro igual. “Era de una intensidad que deslumbraba”, dijo mi hermano Juan.

Un arco iris es un puente de luz. Ese arco iris simboliza un puente de amor real entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Ese puente de amor tiene el propósito de realizar una acción primordial: tomar conciencia del amor inmortal, tomar conciencia de que el amor nunca muere.

Aunque la vida sobre este planeta pueda llegar a ser maravillosa, no es ni comparable con la hermosura de la vida que nos espera en la dimensión que está detrás de la muerte.

A los que despiden aquí en la tierra a un ser querido se les puede decir que hay un haz de luz que conecta el mundo de aquí con el mundo de allá. Del cielo viajará a la tierra esa luz del amor, y desde la tierra ese amor viajará también a los cielos: la eterna escala, cordón umbilical de vida en la vida eterna. Al decir vida eterna no hablamos de la semblanza que algunas religiones han hecho de nuestra vida futura en ese cielo hipotético al lado del padre celestial. No hablamos de eso ahora. Cuando decimos vida eterna estamos queriendo decir que la Vida es eterna porque nunca se acaba, nunca se termina. Todo es Vida, ahora y siempre.

En el túnel de la muerte lo que hacemos es encontrarnos con nosotros mismos. Ahí, en ese túnel, ya no nos podemos ‘despistar’ con las exigencias de la vida diaria. En ese túnel de la muerte comprendemos que nuestra esencia es el amor, y que vinimos a la vida física para comprender eso, que estamos ‘construidos’ con la esencia del amor… pero que… se nos había olvidado. Venimos a la vida a recordar nuestra esencia. Nuestro camino en la vida es todo él un aprendizaje en el amor.

Donde hay luz, no hay oscuridad. Donde está el amor, nunca estará la muerte.

A los tres días de ese arco iris y de ese 18 de marzo, se me hizo el regalo de poder hacer esta foto que ahora podéis contemplar. En el cielo hay una gran masa de nubes compactada, y en la tierra, un silo de cereal, todo ello ‘adobado’ con el último sol de la tarde. Es claramente otro haz de luz, una escalera hacia los cielos ¿Es una escalera que sube, o es una escalera que baja?

21.3.08

La sombra que al sol deja paso


La muerte no es cerrar los ojos y dejar de respirar; esa muerte si me permitís que lo diga así, no tiene mucha importancia, se trata de un ‘trámite’ más sencillo de lo que parece. La muerte verdadera acontece cuando morimos a todos nuestros apegos, a todas nuestras ilusiones, a todos nuestros miedos y a todos nuestros deseos. La muerte es una rendición, la rendición completa del ego, la completa rendición de nuestra vanidad y de nuestro orgullo. Hay verdadera muerte cuando caemos en la cuenta de que nada ni nadie nos pertenece. Nada poseemos. Nada tenemos. Hemos llegado desnudos a esta vida, y hasta que interiormente no nos desnudemos del todo, no alcanzaremos esa otra vida perdurable, la vida que se vive en el Puro Amor, en la conexión directa con la divinidad.

La muerte real llega a nosotros cuando nos desasimos, cuando soltamos, cuando dejamos que todo se vaya, que se vayan las personas y las cosas, las posesiones de todo tipo, que se vayan el rencor, la rabia, que se vayan el odio y el deseo de venganza. Morir es morir a todo lo viejo, morir a las telas de araña de nuestro corazón, morir para que la oscuridad deje paso al sol que siempre brilla en lo alto.



En la foto, mi sombra, junto a la de los troncos de los árboles. En un atardecer de invierno.

11.3.08

Enamorada de la vida

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Lágrimas


Llorar. Llorar. No tener miedo si brotan las lágrimas. Todos tenemos dentro un manantial. Es un manantial de lágrima viva, lágrima incrustada en la pena, lágrima de la soledad, lágrima por la tristeza, lágrima en la alegría, lágrima del éxtasis.

Las lágrimas limpian. Las lágrimas nos lavan los ojos: espejos de nuestra alma, savia de nuestro corazón.